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16-05-2013

La ALBA como horizonte

Irene León

Publicado en La ALBA: horizonte latinoamericano del Siglo XXI, fedaeps, mayo 2013

La ALBA despuntó en diciembre de 2004, con enunciados de solidaridad y complementariedades, con agendas de integración desde los pueblos, poniendo a la luz prácticas soberanas de cooperación, que surgieron al calor de la creatividad bolivariana y socialista que está a la raíz de sus sustentos. Cuba y Venezuela tomaron la iniciativa de germinar el planteo de pensar ‘la patria grande’, proyecto histórico largamente anhelado, que se está fortaleciendo con el desarrollo de nuevas propuestas políticas para Latinoamérica y el Caribe.

Según el presidente Hugo Chávez, se trata de una plataforma política, geopolítica y económica, fundamentada en una visión integral, con una agenda explícita de cambios estructurales, que apunta a crear un territorio interrelacionado en el que el intercambio entre los países constituya una fortaleza para todos y para cada uno.

Ocho países: Cuba, la República Bolivariana de Venezuela, Ecuador, el Estado Plurinacional de Bolivia, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda, y Dominica, son miembros de este espacio interrelacionado, levantado con fundamentos de cogestión soberana, que se produce a través de la procura de consensos, del diálogo, de la cooperación, de la igualdad en el trato.

La agenda inmediata, es una de potenciación del “bien común” y de resolución de desigualdades históricas, dentro de los países y entre ellos, con líneas de acción solidaria, articuladas en torno al potenciamiento de los puntos fuertes de cada país y a la transmisión de estos a los demás, e incluso de la creación de fondos compensatorios para eliminar las asimetrías entre países, en función de vigorizar las ‘ventajas cooperativas’ entre ellos.

El más conocido ejemplo de concreción de estas líneas de acción solidaria es la ya lograda eliminación del analfabetismo en cuatro países: la República Bolivariana de Venezuela, Ecuador, el Estado Plurinacional de Bolivia y Nicaragua, de los cuales los tres últimos, junto con Haití, eran catalogados como los de mayor persistencia y masividad del analfabetismo en la región. El célebre método cubano “Yo sí puedo” y la experticia desarrollada en ese país, puesta al servicio del conjunto, fue la clave para culminar tamaño reto.

Se trata de intercambios en especie y/o conocimientos a gran escala, cuya proyección podría visualizarse al infinito, en tanto la producción de conocimientos como, por ejemplo, los vinculados a la sostenibilidad de la vida, tienen una potencialidad inagotable.

Esta visión y prácticas que se realizan de modo alternativo, no solo amplifican la capacidad de los intercambios, abriendo posibilidades al resurgimiento de prácticas no mercantiles, cuya existencia histórica es extensa en la región, sino que constituyen puentes para la transición hacia el socialismo del siglo XXI, caracterizado por visiones propias de la organización social, de la gestión del territorio, de la relación con la Madre Tierra. El reconocimiento constitucional de la diversidad y/o la pluralidad económica1 y productiva, un innovador concepto que resulta de la vertiente del socialismo del Buen Vivir / Vivir Bien, es una de las innovaciones de esta propuesta de nuevo perfil.

La ALBA es sin duda el primer planteo de un socialismo latinoamericano y caribeño vernáculo en este siglo naciente, pues recoge la experiencia única de medio siglo de construcción del socialismo en Cuba, dialoga con principios originarios, como los de complementariedad y reciprocidades, y se proyecta hacia el futuro con una propuesta integral de sociedad, entre cuyos aspectos figuran resignificaciones de los modos de intercambio a gran escala, como plantea la propuesta del Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP), un planteo que, más que de comercio, habla de intercambios basados en los cimientos de una alternativa civilizatoria, signada por los fundamentos del Vivir Bien/ Buen Vivir.

Con esos ingredientes, la ALBA deviene también un referente ineludible para los nuevos enfoques de integración. De hecho su vigencia y propuesta concitó la renovación de todo lo preexistente en la materia. Una breve mirada al proceso latinoamericano recorrido desde 2004, arroja elocuentes informaciones sobre el antes y el después de la integración.

Antes: el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un proyecto capitalista hemisférico de liberalización mercantil, liderado por los Estados Unidos; la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), una propuesta capitalista para facilitar los flujos de mercancías; el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) un espacio subregional libre de aranceles, pensado en función de la libre circulación de bienes, servicios, capitales y mercancías; para mencionar solo unos ejemplos.

El lapso post 2004 es el de la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) que visualiza un espacio soberano para sus doce países, con sus doce consejos sectoriales, y sus planes de integración cultural, económica, social, de defensa, y sus iniciativas políticas también soberanas. Es el tiempo de la emergencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) , actualmente presidida por Cuba, una institución regional propia con sus treinta y tres Estados miembros, su territorio de más de veinte millones de kilómetros y sus 590 millones de habitantes, creada para precautelar los intereses de la región latinoamericana y caribeña, desde una perspectiva endógena.

Con ese mismo tono, están en redefinición instancias subregionales como la Comunidad Andina de Naciones (CAN), o la Asociación de Países del Caribe (AEC), y otras. Mientras la emergencia de Petrocaribe, una propuesta de soberanía energética, que involucra a dieciséis países, es, por su parte, la más tangible afirmación de la viabilidad de intercambios multilaterales solidarios en esa materia.

El enfoque integral y los nuevos conceptos erosionaron la perspectiva neoliberal predominante, que confunde integración con intercambio mercantil y la reduce apenas a comercio de productos y servicios. La ALBA despuntó para posicionar una perspectiva transformadora, que interpela al Sur y lo nombra como territorio ”endógeno”, con significativas posibilidades de constituirse en el eslabón indefectible para la deconstrucción del dominio geopolítico imperialista y devenir el propulsor de la construcción del mundo multipolar y pluricéntrico, sustentado por Hugo Chávez como el vector de la única posibilidad de sobrevivencia planetaria, ante el inminente agotamiento de las condiciones de vida a esa misma escala.

Pero si todas estas resignificaciones y reconceptualizaciones atraen las miradas del mundo en tiempos de crisis del capitalismo, llama la atención el diseño de una nueva arquitectura financiera y de una nueva institucionalidad financiera regional, que resultan ya en iniciativas concretas tales como el Banco del ALBA, una institución pública regional de carácter solidario, soberano y cooperativo, que tiene como objetivo la promoción del intercambio económico con justicia, para impulsar el desarrollo de los países miembros.

Este enfoque marca un hito en materia financiera, no solo porque coloca a la solidaridad por encima del lucro en los intercambios internacionales -pues hasta aquí lo solidario se reconocía más bien a pequeña escala y en escenarios locales-, sino también porque su diseño es el de un mecanismo público, de vocación humanista, distinto de la visión capitalista de lucro privado. Desde esa perspectiva, también el mecanismo de intercambio ‘monetario’ internacional propio, el Sucre, una moneda virtual emitida por el Banco del ALBA para facilitar el intercambio entre los países, apunta a responder a la necesidad de incrementar las “ventajas cooperativas”.

La ALBA sustenta el fortalecimiento del Estado como base para las prácticas redistributivas, identificadas como camino ineludible para lograr la igualdad y el “bien común”. Pero esa noción de bien común es internacional, pues a más de sus miembros apunta a la procura de desarrollo de toda América Latina y el Caribe, es decir que encara en práctica y en propuesta una disputa de poder y de sentidos con el capitalismo regional dominante. Para hacerlo establece múltiples mecanismos: las alianzas estratégicas entre países, el desarrollo de iniciativas innovadoras y complementarias de producción y distribución, tales como Albatel, Albanisa o Transalba, el impulso a nuevos proyectos de investigación tecnológica y científica. En todos los casos el punto de partida es lo público, como se expresa en la propuesta de las empresas grannacionales, que se sustenta en alianzas de empresas públicas de varios países para enfrentar los poderes económicos de las corporaciones transnacionales.

Es conocido que la ALBA tiene el potencial de convertirse en la tercera economía de América Latina y el Caribe, como también que el Espacio Económico del ALBA (EcoALBA) abre posibilidades para estimular las “ventajas cooperativas” endógenas, con proyección exógena, en áreas relacionadas “con recursos estratégicos” y con sectores de punta, tales como el alimentario, las telecomunicaciones, y otros. Es también cierto que la ALBA ha crecido vertiginosamente y su influencia ha tenido un impacto significativo en un corto tiempo, y por eso mismo sus retos son desafiantes, pues la validez de su influencia radica justamente en su propuesta de cambio estructural, de transformación integral, en sus éticas distintas del capitalismo.

¡La ALBA se levanta como propuesta de transformación política, de creatividades revolucionarias y miradas amplias, de compromisos fundamentales con los cambios locales, regionales y mundiales, en unos pueblos con un sentido de urgencia, de que el tiempo de los cambios es ahora y que los tiempos de la ALBA son impostergables!


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