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14-12-2011

Globalizar las resistencias indignadas

Por Josep María Antentas y Esther Vivas

Han pasado ya más de tres años de la quiebra de Lehman Brothers y del estallido formal de la crisis. Entonces los dueños del mundo vivieron un breve momento de pánico alarmados por la magnitud de una crisis que no habían previsto, por su falta de instrumentos teóricos para comprenderla y por el temor a una fuerte reacción social. Llegaron después las vacías proclamas de “refundación del capitalismo” y los falsos mea culpa que se fueron evaporando, una vez apuntalado el sistema financiero de su primer hundimiento y en ausencia de una explosión social.

Se entró así en una nueva fase en la que las políticas aplicadas han buscado recortar los derechos sociales, infligir una derrota histórica a los trabajadores y reforzar los mecanismos de dominación de clase. Iniciada en Wall Street, el epicentro de la crisis y de la inestabilidad global pasó a la Unión Europea. La socialización de las deudas bancarias agravó la situación de las cuentas públicas, colocando a los países de la periferia europea en el ojo del huracán e intensificando los ataques a los derechos sociales. Sin duda, para los poderes económicos las regulaciones sociales que aún existen en el viejo continente son un freno para la competitividad internacional de la economía europea y un molesto peso en la espalda del que se quieren deshacer.

Un nuevo ciclo

Con las revoluciones del norte de África como aguijón inicial, mediante un efecto de emulación e imitación, la protesta llegó a la periferia de Europa. El mundo Mediterráneo se situaba así en el corazón de esta nueva oleada de contestación social, en paralelo a la entrada en una segunda fase de la crisis que tiene en la zona euro su punto focal.

La rebelión de l@s indignad@s representa la emergencia de un nuevo ciclo internacional de protesta que tiene su elemento motriz en la lucha contra los efectos de la crisis y las políticas que buscan transferir su coste a las capas populares. Representa el segundo gran ciclo movilizador posterior al fin de la guerra fría y a la proclamación del “nuevo orden mundial” a comienzos de los años noventa.

El ciclo “antiglobalización”, que tuvo su apogeo a finales de los años noventa y comienzos del nuevo siglo, permitió señalar las falacias de las promesas del neoliberalismo triunfante en la posguerra fría y del Consenso de Washington. Ayudó a deslegitimarlo simbólicamente y desenmascarar algunas de sus principales instituciones. Mostró que la historia, contrariamente a las teorías de Fukuyama, no había terminado y que, después de los retrocesos de los años ochenta, había renacido la capacidad de movilización social. Pero no tuvo fuerza suficiente para frenar al neoliberalismo avasallador e imponer un cambio de paradigma.

Este segundo “round” de nuestro combate contra el capitalismo global se desarrolla en un contexto muy distinto del que vio nacer al movimiento “antiglobalización”. El ciclo presente tiene lugar en medio de una crisis sistémica de dimensiones históricas y por ello la profundidad del movimiento social en curso y su arraigo social es sin duda alguna mayor.

A medida que el impulso “indignado” ha ido recorriendo el planeta, siguiendo una peculiar geografía que cruza primero las dos orillas del Mediterráneo y después el Atlántico, millones de personas se han sentido identificadas con las ocupaciones y movilizaciones, teniendo la sensación de formar parte de un mismo movimiento, del mismo “pueblo”, el “pueblo de l@s indignad@s”, y de compartir unos objetivos, agravios y adversarios comunes. A diferencia del periodo antiglobalización la interrelación entre los distintos planos espaciales de la acción, el local, el nacional-estatal y el internacional, es ahora mucho más sólida. El vínculo entre lo local y global, lo concreto y lo general es muy directo y evidente

El movimiento tiene un doble eje constitutivo inseparable: la crítica a la clase política y a los poderes económicos y financieros. A los últimos se los señala como responsables de la crisis económica, y a los primeros su servilismo y complicidad precisamente con el mundo de los negocios. “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros” rezaba uno de los eslóganes principales del 15M. Se enlaza así la crítica frontal a la clase política y a la política profesional y la crítica, aunque no siempre bien articulada y coherente, al actual modelo económico y a los poderes financieros.

La “indignación” se ha convertido en la idea-fuerza que define al nuevo ciclo y en el concepto que da una identidad compartida a las luchas acaecidas en los distintos países. “La indignación es un comienzo. Uno se indigna, se levanta y después ya ve”, señalaba Daniel Bensaïd, para quien la indignación representaba, precisamente, “lo contrario del hábito y la resignación”.

Estamos ante una verdadera indignación movilizada. Del terremoto de la crisis llegó finalmente el tsunami de la movilización social. Para luchar no sólo se requiere malestar e indignación, también hay que creer en la utilidad de la acción colectiva, en que es posible vencer y en que no todo está perdido antes de empezar. Durante años los movimientos sociales en Europa, Estados Unidos y gran parte del mundo han conocido esencialmente derrotas. La falta de victorias que muestren la utilidad de la movilización social y hagan aumentar las expectativas de lo posible ha pesado como una losa en la lenta reacción inicial ante la crisis.

Inspirándose en la plaza Tahrir el método “ocupación de plaza + acampada” sirvió como catalizador del movimiento en sus comienzos, como hemos visto en el Estado español y en Estados Unidos y en el caso de Grecia donde el movimiento de protesta, precedente al español y a las revueltas del mundo árabe, integró la simbología y los métodos del 15M e insertó su lógica en la dinámica internacional naciente.

Acampadas y ocupaciones de plaza no han sido un fin en sí mismas (aunque a veces algunos así lo hayan podido pensar erróneamente). Han actuado simultáneamente como referente simbólico, base de operaciones, palanca para propulsar movilizaciones futuras y altavoz amplificador de las presentes. Se han convertido en auténticas “luchas fundacionales” y el punto de arranque del nuevo ciclo en el que, como cada vez que empieza uno de nuevo, irrumpió con fuerza una nueva generación militante, y la “juventud” como tal adquiere visibilidad y protagonismo. Emergió una verdadera “generación Tahrir”, “Sol”, “Catalunya” o “Wall Street” como antes lo hizo una “generación Seattle” o una “generación Génova”.

Si bien este componente generacional y juvenil es fundamental hay que remarcar que la protesta en curso no es un movimiento generacional. Es un movimiento de crítica al actual modelo económico y a los intentos que la crisis la paguen los trabajadores con un peso fundamental de la juventud. Donde el movimiento se ha desarrollado con más fuerza, la protesta juvenil ha actuado como factor desencadenante y catalizador de un ciclo de luchas sociales más amplio y plural en términos generacionales.

Internacionalismo de la indignación

Desde su estallido, por donde ha pasado, el movimiento ha comportado un fuerte proceso de repolitización de la sociedad, de reinterés por los asuntos colectivos y también de reocupación social de un espacio público usurpado cotidianamente por los intereses privados. Si la rebelión de l@s indignad@s ha transmitido algún mensaje, éste es el de la esperanza, ante el desánimo y el pesimismo, en la capacidad colectiva de cambiar las cosas y de poder ser sujetos activos, y no meros objetos pasivos de las necesidades del capital y su lógica del beneficio y la competencia.

La oleada de luchas en curso se desarrolla en unas condiciones adversas y bajo una degradación muy fuerte de la correlación de fuerzas. La movilización en la calle contrasta con las dificultades en los centros de trabajo, donde el miedo y la resignación son aún dominantes y donde las corrientes sindicales democráticas y combativas no tienen fuerza suficiente para contrarrestar la política de los sindicatos mayoritarios, orientados todavía a un diálogo social cuyos frutos son inexistentes.

En paralelo, el repunte de la movilización social coexiste con el desarrollo de una “indignación reaccionaria” y de tendencias xenófobas, miedo y egoísmo en el seno de las clases populares, que alimenta el ascenso de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos.

La marea indignada no ha alcanzado todavía consistencia suficiente para provocar un cambio de rumbo y de paradigma en Europa y Estados Unidos, pero sí ha supuesto un desafío sin precedentes a un neoliberalismo de muy maltrecha legitimidad y a los intentos de socializar el coste de la crisis, que hasta hace pocos meses parecían incontestables. En los países árabes el proceso revolucionario sigue en pie, como las recientes movilizaciones de nuevo en Tahrir lo confirman, pero en medio de crecientes dificultades para profundizar los cambios sociales.

En este escenario uno de los grandes retos de la ola protestataria en curso es profundizar la articulación internacional de las resistencias, siguiendo la estela de la pasada jornada del 15 de octubre (15-O), la primera respuesta global coordinada a la crisis bajo el eslogan “unidos por el cambio global”.

El 15-O fue la jornada de protesta mundial más importante desde la gran movilización global del 15 de febrero de 2003 contra la guerra de Irak. De dimensiones mucho más modestas, expresó sin embargo una dinámica social más profunda que la histórica jornada contra la guerra. Aquélla fue simultáneamente el momento álgido y el final de la fase ascendente del ciclo internacional de protestas antiglobalización. “El mundo tiene dos superpotencias: los Estados Unidos y la opinión pública mundial” escribió el New York Yimes después del 15F. Desde entonces, sin embargo, la coordinación internacional de las protestas languideció y los instrumentos lanzados por el movimiento antiglobalización, como el Foro Social Mundial, perdieron fuerza, centralidad y utilidad.

El nuevo internacionalismo de la indignación, expresado en las protestas de este 2011 y en la jornada del 15-O, necesita seguir desarrollándose y fortalecer su capacidad de articulación a escala global. En el caso de los países de la Unión Europea la necesidad de “europeizar las resistencias”, de coordinar a escala continental la resistencia a los planes de austeridad, más allá del ámbito nacional-estatal, aparece como un imperativo ineludible para unos movimientos sociales que se enfrentan a un ataque sin precedentes de los derechos sociales de los trabajadores y los pueblos de Europa.


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