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13-12-2011

Nuevas resistencias anticapitalistas

Irene León

Es historia conocida que el capitalismo lleva en sus entrañas: relaciones de explotación, lógicas depredadoras, prácticas especulativas, corrupción y otras características similares. Es también conocido, que se organiza únicamente en torno a la producción de ganancias, no obstante perdura desde hace varios siglos y, más aún, ha logrado hacer de la acumulación de riquezas, para un reducido grupo, el leitmotiv de todo lo que se mueve en el mundo, al punto que, como lo dice el cientista social peruano, Aníbal Quijano, este objetivo se ha instituido como el horizonte histórico de la humanidad, desde los inicios de la modernidad, es decir desde hace cinco siglos.

En la fase más reciente: la de globalización neoliberal, se intensificó la internacionalización de este modelo, que llegó a plantearse incluso como “la” irrenunciable perspectiva de futuro, no importó siquiera que el camino para llegar ahí estuviera precedido y atravesado por las subsecuentes crisis -que son consustanciales a sus dinámicas-, pues de ellas siempre se levantó ganando y reposicionando sus gastadas tesis con nuevos matices y peculiaridades.

Pero, asimismo como se universalizó, hacia inicios del Siglo XXI empezaron a hacerse cada vez más visibles sus límites estructurales, entre ellos los vinculados a la destrucción irreversible que la racionalidad capitalista y sus prácticas provocan. Desde las manifestaciones del calentamiento global hasta el acaparamiento y mercantilización de todas, absolutamente todas, las riquezas del planeta, pasando por el intento de universalización de la ‘gobernanza’ y la homogenización cultural y política requerida para eso, llevaron a transparentar, cada vez más, la colisión entre poder económico y poder político, o mas bien a visibilizar que los actores del poder capitalista no son necesariamente los que aparecen al momento de adoptar políticas y medidas, sino unos poderes económicos históricos, muchas veces anónimos.

La actual disputa por el control del mundo entre los capitales financiero y bélico-militar, ha puesto en evidencia su protagonismo en la “gestión” de lo mundial, pero también el deterioro de los mecanismos a través de los cuales se mantienen sus poderes.

La crisis bursátil y de capitales ficticios, por ejemplo, ha puesto al desnudo no sólo el carácter especulativo, sino también el carácter fraudulento que subyace en sus dinámicas. Por su parte, la invasión a Libia, país poseedor de amplias reservas de petróleo, de la más sustantiva reserva en oro para respaldar su moneda, y otros bienes y recursos, demostró que el poderío bélico militar del otro frente, cuya amenaza se extiende muchísimo más allá de los países de Oriente Medio, es un peligro mundial.

Con estos ingredientes, las perspectivas de desenlace de la actual crisis sistémica -como lo analiza el Observatorio Internacional de la Crisis-, vista desde la lógica del poder, coloca a los pueblos del mundo entre dos precipicios: de un lado, una eventual dictadura mundial resultante del capital financiero, producido con la disolución previa de Estados, fronteras, pueblos con singularidades, etc.; y de otro lado, el advenimiento de un poder mundial logrado, a través de la guerra, por el imponente capital bélico militar.

Esto a no ser que los pueblos se atrevan a lo aparentemente imposible: oponerse a estos planes, contestar su validez histórica, y plantear nuevos sentidos y horizontes para el futuro de la humanidad, como ya lo están haciendo, desde distintas perspectivas y frentes, múltiples actores de las nuevas resistencias al capitalismo.

En ese campo tienen relevancia las alternativas civilizatorias, como la del Sumak Kawsay / Buen Vivir, que propone un nuevo universo interrelacional entre todo lo viviente y coloca al centro de su razón de ser la reproducción ampliada de la vida –que ya son parte de las constituciones de Bolivia y Ecuador-, como también distintas propuestas de desneoliberalización o desconexión de los centros de control capitalista, para colocar nuevos sentidos a los intercambios, bajo parámetros de solidaridad y complementaridades, como se han planteado en Latinoamérica, a través de la ALBA por ejemplo.

Importan igualmente las iniciativas de diseño de “una nueva arquitectura financiera”, que apuntan tanto a sustentar practicas de economías alternativas, como a propiciar el desarrollo de una nueva plataforma económica regional, en el caso de América Latina; conjuntamente con esto la creación de una nueva institucionalidad económica y financiera, volcada ya no a la acumulación sino a los intereses de los pueblos, tales como las propuestas del Banco del ALBA y el del Sur; o la Auditoría de la Deuda Externa, como la realizada en Ecuador en el 2008, que sienta precedente para iniciativas similares, que transparenten las practicas fraudulentas del capitalismo.

Pero también son parte de ese universo de rupturas con el capitalismo, iniciativas regionales y del Sur que, incluso sin un objetivo anti capitalista explícito, oponen una nueva configuración multipolar de la geopolítica mundial, distinta de los planes de los poderes financiero y bélico.

Asimismo, volviendo a los pueblos, importan en el proceso de desarrollo de alternativas, las heterogéneas demostraciones de resistencias al capitalismo, emergentes en sus propios epicentros, como es el caso de “Ocuppy Wall Street”, que además de levantarse en el corazón del sistema financiero, visibiliza de manera inédita que el pueblo afectado por éste es el 99% y que las salidas a la crisis deberán tener en cuenta, por tanto, ese importante detalle.

Otras iniciativas, tales como la de los Indignados en España, de cuya experiencia política resultaron multiplicidad de análisis, dejaron sentadas tanto la vigencia de la capacidad de movilización popular, como un enunciado antisistémico, que deberá ganar protagonismo para ampliar las posibilidades de transitar de un llamado a la inclusión en el modelo dominante hacia una lucha por una real alternativa a éste.

Estos breves ejemplos de una gama de resistencias mucho más voluminosa, coloca sobre el tapete la urgencia de la enunciación de un nuevo horizonte político, ubicado en el desafiante contexto mundial, como ingrediente irrenunciable para que el desenlace de la crisis, sea uno distinto a los fatídicos planes que resulten de la disputa entre los poderes de control capitalista, pues, como lo señala el sociólogo estadounidense, Immanuel Wallerstein, si bien el capitalismo ya no puede sobrevivir como sistema y el carácter de su crisis es estructural, urge una perspectiva de sustitución a corto y largo plazo, que configure el carácter de una transformación radical.

Hablamos entonces, de una perspectiva integral, que coloque, entre otros, una nueva visión de la política –satanizada y expropiada de las preocupaciones de los pueblos por el neoliberalismo- como un elemento clave para la construcción de esta nueva proyección colectiva.

Y, esto último implica la ya mencionada eliminación del capitalismo, la supresión del patriarcado, del neocolonialismo, del productivismo y otras visiones que abundan en la reproducción del modelo dominante, pero mas aún, una transformación de sentidos, en el fondo y en la forma, es decir, ya no solo de las lógicas de producción y distribución, sino de las formas de convivencia entre todo lo viviente: un reposicionamiento de ‘los humanos’ hasta hoy colocados como centro dominador de la naturaleza, una redefinición interrelacional entre éstos y ésta, y sobre todo un desplazamiento del objetivo de reproducción del capital hacia uno de reproducción de la vida.


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