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17-03-2010

Respuestas regionales para problemas globales

Alberto Acosta

No hay espacios ahora para dogmas ni para ortodoxias: esa es la gran lección de nuestros procesos de transformación. Tenemos que volver a pensar por nosotros mismos y encontrar nuestras respuestas a nuestros problemas, vinculados siempre a un proceso de luchas regionales que tienen que irse sumando en el tiempo.

En ese sentido, quiero plantear algunas reflexiones generales que puedan contribuir al desfío de elaboración colectiva de propuestas para la construcción de una América Latina diferente y de un mundo diferente, más allá de la crisis. ¿De qué crisis estamos hablando, cuáles son sus elementos fundamentales?. Inspirándonos en la filosofía china, vale decir que la crisis es una situación de riesgo y de muchos problemas y, a la vez, una oportunidad.

Uno de los mayores riesgos y problemas a resolver es que el peso de la crisis, si es resuelta desde la lógica del propio sistema capitalista, no caiga masivamente sobre los marginados y los empobrecidos de siempre. Es muy importante garantizar al menos las inversiones mínimas en educación, en salud, en vivienda popular, en caminos vecinales, que permitan sostener en algo esas condiciones deplorables de vida de gran parte de personas. Igualmente, garantizar de alguna manera la sostenibilidad de partes sustantivas del aparato productivo, pero no caer en la trampa de que hay que mantener las cosas como estaban, tratando de reencontrarnos en el mismo sendero luego de superado este bache, luego de superada esta crisis. Así mismo, es fundamental que no se dé paso a una suerte de desapropiación de los recursos de los más pobres o de nuestros recursos naturales a cuenta de enfrentar la crisis. Sería muy grave vivir nuevamente -como se ha vivido varias veces en la historia de América Latina- un proceso de acumulación originaria, tal como lo concibió el viejo Carlos Marx, para dar paso a restablecer las bases y los equilibrios de lo que teníamos antes de empezar la crisis.

También debemos estar concientes de que no se podría, de ninguna manera, tolerar gobiernos autoritarios que sean los encargados de dar la cara a la crisis; en ese sentido los retos son sumamente grandes y complejos: no solo debemos pensar más allá de la crisis, sino tenemos que pensar en cómo vamos a enfrentarla en este momento, evitando que se repita más de lo mismo que en definitiva es más de lo peor.

Estrategias frente a una crisis múltiple

Esta es una crisis múltiple y sincronizada, que siendo crisis propia de los movimientos cíclicos del capitalismo tiene algunos elementos adicionales que es preciso tener en consideración y alertar ante cualquier visión que pueda aparecer, incluso en un tiempo no muy lejano, que nos haga creer que la crisis está siendo superada. La crisis no va a ser superada porque es una crisis profunda, que está erosionando las bases mismas del sistema.

La crisis es económica en múltiples facetas, entre ellas la financiera - inmobiliaria que ha dado lugar a lo que actualmente llaman una pérdida masiva y general de confianza. No es sólo una crisis especulativa y financiera que puede ser superada como cuando en una vivienda se tapa una de las cañerías y luego se resuelve ese problema y se restablece el flujo de agua. No, estamos frente a una crisis que ha hecho aparecer con mucha claridad, algo que el mismo Carlos Marx ya demostró hace mucho tiempo atrás [1] cuando decía que en el mundo capitalista, en el modo de producción capitalista, no se sabe con exactitud cuál es el límite entre una fase de producción de una empresa y una fase de especulación. La especulación es inherente al sistema capitalista, y en momentos en los cuales la tasa de ganancia tiende a la baja, la especulación financiera ayuda a recuperar los márgenes de utilidad. Este es uno de los elementos más importantes para no caer en la trampa de aquellas visiones simples que pueden ser difundidas por los medios de comunicación globales.

Es relevante entender, igualmente, cuál va a ser el eje de la nueva revolución tecnológica: el capitalismo todavía va a intentar reconstituirse, revitalizarse y dar una respuesta tecnológica que no ha conseguido en las últimas décadas. A principios de los años 90 creíamos que podía aparecer una nueva revolución tecnológica, desde aquellas visiones cíclicas que ya plantearon antes Kondratiev, Mandel, Schumpeter, o la misma Carlota Pérez, que deben ayudarnos a comprender la racionalidad de acumulación del capital, desde el desarrollo de tecnologías que permitan repotenciar este sistema.

Por supuesto esta crisis de facetas múltiples y sincronizadas tiene elementos ambientales: el calentamiento global es cada vez más una urgencia; tiene una faceta energética; una faceta alimentaria, y tiene, sin duda alguna, también una faceta ideológica y cultural, cómo se resuelva este último punto es crucial para encontrar alternativas democráticas.

Es cierto que a los neoliberales se les derrumbó la estantería: la visión del mercado como el elemento para resolver de mejor manera todos los retos económicos, sociales e incluso políticos, al parecer está en retirada. Pero no es menos cierto que todavía queda, para una gran parte de la población mundial, un esquema de vida individualista y consumista. Hemos incorporado un chip que no refleja la realidad ambiental, la realidad social y las posibilidades de crecimiento. En ese sentido, es muy importante estar atentos a los elementos que pueden configurar una crisis civilizatoria, para dar paso a la construcción de una alternativa al sistema capitalista, algo que tendremos que hacer incluso arrastrando, inicialmente, algunas de las taras del propio sistema capitalista. Es indispensable comenzar a dar una dura y frontal batalla al pensamiento único del Consenso de Washington, que no pudo ni podía anticipar lo que se venía, como tampoco pudo ni podrá resolver los graves problemas estructurales de esta crisis de carácter global.

No podemos caer en la trampa de resolver los problemas temporalmente, por ejemplo, a través de más normas y regulaciones para tratar de controlar a los capitales financieros, algo indispensable, sin duda alguna, pero no suficiente. Tampoco podemos creer que con más Estado se van a resolver todos los problemas de la economía. Algunas recomendaciones de Keynes son válidas, pero la vía keynesiana no llevaría a respuestas definitivas a nuestros problemas, sino a una suerte de gatopardismo, siempre más de lo mismo sin cambios estructurales.

Un elemento clave es revisar nuestros patrones de lectura de los ámbitos estratégicos desde donde se pueden procesar las respuestas. Sin duda alguna, el ámbito estratégico del Estado nación es indispensable, es fundamental, pero no es único, y eso variará también su trascendencia y su profundidad dependiendo incluso de la claridad, de la profundidad y de la coherencia de nuestros gobiernos.

América Latina vive este momento una situación inédita en mucho tiempo, quizás nunca vista en la historia de la región. Tenemos una serie de gobiernos que se adscriben al ancho cauce democrático de transformaciones, con diversos matices y con diversas amenazas -por su falta de coherencia en algunos casos-. Rescatemos como un elemento positivo esta convergencia de gobiernos progresistas que tienen algunos elementos en común y que tienen una gran responsabilidad histórica.

Pero más allá de los niveles nacionales de acción estratégica, tenemos que recuperar los niveles locales: lo local es fundamental para la construcción diferenciada, múltiple de alternativas, que no sean simplemente la reconstrucción de modelos neodesarrollistas en los cuales el Estado es el actor fundamental. Si eso va a pasar muy poco cambiará; puede ayudarnos a superar la crisis sin muchos costos sociales, pero no nos ayudará a construir una alternativa diferente.

Las respuestas deben se pensadas también desde una perspectiva regional de la integración y por supuesto desde una perspectiva global. Entendamos de una vez por todas que no podemos esperar que los problemas globales los resuelvan los poderes globales. La ciudadanía, todos los habitantes del planeta estamos ahora convocados a repensar el mundo y a plantearnos soluciones definitivas.

La necesidad de la integración de los pueblos de América Latina es crucial, pero es un proceso que no avanza suficientemente rápido. En el sistema financiero, por ejemplo, el Banco del Sur y el Fondo del Sur llevan un rezago en su constitución y funcionamiento, justamente cuando resultan urgentes en esta época de crisis. Tampoco hay la celeridad del caso en alternativas muy sugerentes como el SUCRE (Sistema Unitario de Compensación Regional), con el cual se quiere abrir la puerta a la construcción de un sistema financiero y monetario común. Hay un conjunto de ideas, de propuestas, gobernantes que están pensando en esto, pueblos ansiosos de la integración. ¿Dónde está la voluntad política? ¿Qué es lo que falta para cristalizar todas esas propuestas? Aparece más indispensable que nunca hacer realidad aquello que decía Orlando Fals Borda: que la investigación y la academia estén estrechamente vinculadas a la práctica. Necesitamos la conjunción de buenas ideas y de la voluntad política para cristalizarlas.

La soberanía es otro elemento cohesionador de todas estas propuestas. Hablamos de soberanías en plural. Avanzar en el rescate de la soberanía financiera es tan importante como ir hacia una soberanía energética. América Latina dispone de recursos energéticos suficientes para autoabastecerse y eso tiene que hacerse realidad, no simplemente con proyectos que tienen que ver con unión de cables -proyectos eléctricos- o la unión de tubos -proyectos petroleros-, se requiere mucho más que una integración física. Se requiere una integración de las políticas energéticas y eso implicará, entonces, hacer realidad una serie de transformaciones que abonan a la consolidación de posiciones mucho más soberanas en la región.

Igualmente estratégica es la soberanía alimentaria. América Latina puede y debe autoabastecerse. La mayoría de nuestros países tienen la capacidad de producir alimentos para satisfacer la demanda interna, tenemos que desmontar uno de los fetiches del modelo neoliberal del Consenso de Washington, aquel que nos obligaba a ser buenos produciendo y exportando bienes en donde tenemos ventajas comparativas, marginando la producción campesina y la biodiversidad.

Es preciso redoblar esfuerzos en ese sentido, trabajar hacia una soberanía en el manejo y control del agua, que está siendo amenazada por las prácticas depredadoras y por las ambiciones de los capitales transnacionales. El punto de partida es: el agua es vida, el agua no puede ser privatizada. El punto de partida es garantizar el acceso a la tierra a todas las personas, a todos los campesinos, para producir alimentos ya no para la exportación necesariamente, sino para satisfacer la demanda interna. Esto implicaría, entonces, mejorar los mercados, las infraestructuras, y tener una visión diferente a la que plantea la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), la de volcar nuestras economías al mercado mundial. No se trata de cerrar la puerta al mercado mundial, sino de avanzar en una concepción estratégica para participar en el mercado mundial.

También hay que hablar de soberanía cultural y educativa, es otro de los elementos clave. Si no recuperamos en estos procesos espacios de soberanía cultural y educativa, no vamos a poder cambiar el patrón de consumo que está vigente en amplios sectores de la sociedad: los más pobres, los más marginados, incluso quienes, estructuralmente quizás nunca accedan al patrón de consumo que están ellos buscando, están obsesionados por esos elementos, es parte de la disputa.

Una soberanía adicional también clave: la soberanía regional. En la Constitución ecuatoriana abrimos la puerta para la integración regional y para la construcción de una soberanía regional, que muchas veces ha estado marginada por visiones cortoplacistas o visiones localistas de un nacionalismo chauvinista. Estamos dispuestos a entender o aceptar cualquier propuesta que venga de los países del norte, pero apenas hay un problema con nuestros vecinos cerramos las fronteras.

Junto con todo esto, necesitamos pensar un mundo diferente. Otro mundo será posible si es que pensamos cómo queremos que ese mundo diferente sea posible, porque no se trata de cualquier otro mundo. Queremos un mundo democrático, un mundo sustentable, un mundo respetuoso, un mundo que enfrente y elimine las mayores inequidades en el planeta.

Cambios de fondo en el área financiera

Volviendo al ámbito económico: ¿por qué no pensar en un Código Financiero Internacional? Urge poner normas para el capital financiero. La globalización neoliberal ha sido perversa: las trabas, las limitaciones, las dificultades están presentes para los seres humanos; el capital tiene libre movilidad, no necesita visas; el capital no tiene nacionalidades, no sabe de colores de piel, se acumula en todas las regiones del planeta. Pensar en un Código Financiero Internacional es una tarea que tiene que surgir desde la sociedad civil de todos los países, pues las estructuras globales, las estructuras internacionales que deberían ayudar a dar estas respuestas no están disponibles o no son lo suficientemente democráticas como es el caso de Naciones Unidas.

En los niveles regionales, junto con el Banco del Sur, del Fondo del Sur y del SUCRE, es necesario un Código Financiero Regional. Y luego, en un ejercicio de sumatoria de diversos módulos, podrían hacerse igualmente en África y en Asia, quizás en la misma Europa, e ir construyendo un esquema político multipolar que no sea controlado desde las potencias más grandes. Porque si esperamos que los países ricos den paso a una civilización, a una ciudadanización de las estructuras dominantes, estamos perdiendo el tiempo. Lo interesante aquí es cómo construimos, desde nuestras regiones, respuestas a los problemas globales.

En la misma línea de reflexión, surge la necesidad de un Tribunal Internacional de Deudas Externas para procesar los reclamos internacionales. Eso es parte de un Código Financiero Internacional, es indispensable para que éste funcione. Un Tribunal de Deuda donde los países puedan exigir auditorias de su deuda externa como lo hemos hecho en el Ecuador, demostrando que hay deudas ilegales y hay deudas ilegítimas que tienen que ser impugnadas. Las acciones aisladas, solitarias de un país y de un gobierno, no tienen futuro si es que no se masifican, y si no se generalizan a nivel internacional. Igualmente, es hora de pensar en un Banco Central Mundial, pero en un esquema opuesto al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, a cuyos funcionarios habría que indemnizarles para que no vuelvan a afectar al mundo, poner candado a la salida para que no vuelva ninguno a seguir infectando con esas ideas el planeta.

También es hora, ahora o nunca, de eliminar los paraísos fiscales; de lo contrario va a seguir legalizada la especulación y la corrupción internacional; esa es una de las tareas más importantes. Hay una serie de alternativas para ir construyendo otras estructuras democráticas a nivel mundial. Una puede ser el espacio de Naciones Unidas, pero redemocratizadas, con mecanismos de control, donde, por ejemplo, este Banco Central Mundial tendrá como tarea la emisión de una moneda mundial o de canastas de monedas mundiales. Estados Unidos no debe seguir manteniendo el monopolio de la emisión del dólar, pues esa es una de las causas de la crisis y uno de los mecanismos que garantiza su posición de imperio. Esos nuevos organismos a nivel internacional deberán ser controlados democráticamente dentro de la lógica de las Naciones Unidas. El Fondo Monetario o el Banco Mundial no rinden cuentas a nadie; reestablecer mecanismos de rendición de cuentas será una condición para todos los organismos internacionales que tenemos que construir. El alcance de las alternativas

De una u otra manera hemos dejado de lado la época en la que se caracterizaba la acción social por la resistencia. No es que ha desaparecido la resistencia, en muchos países de la región sigue, pero hay algo novedoso: estamos en pleno proceso de búsqueda de alternativas. Muchas opciones se están dando en la historia reciente de nuestra América, en un esquema de construcción colectiva de alternativas que está caracterizando gran parte de la gestión política en nuestro continente, con diversos matices y con diversas profundidades. Hemos pasado de la resistencia a la búsqueda de alternativas, lo que nos lleva al tema de las transformaciones.

No hay una sola receta, no hay un solo camino, esta es una conclusión básica de los procesos que estamos viviendo en algunos países de la región. Las opciones y posibilidades son complejas, múltiples, incluso contradictorias; el camino no aparece claro y despejado en la construcción de una alternativa. De ahí la importancia de esa visión utópica de futuro hacia donde queremos llegar. En este proceso de múltiples opciones y de contradicciones, incluso vamos a tener que arrastrar por algún tiempo las taras del propio sistema capitalista.

El capitalismo, lo sabemos muy bien, no se supera por decreto, no se supera con una Constitución. El capitalismo tiene que ser visto entonces como una opción civilizatoria a ser superada desde igual alcance civilizatorio. Es una tarea indispensable porque el capitalismo, como estamos presenciando a nivel mundial, no sólo está depredando la mano de obra en nuestros países, sino está depredando la naturaleza en forma cada vez creciente, lo que pone en riesgo la existencia misma del ser humano en el planeta.

Desde esa perspectiva, una conclusión fundamental es que si tenemos que aceptar que no hay un solo recetario, que hay opciones y posibilidades múltiples y contradictorias, y que vamos a tener que ir hacia esa visión utópica arrastrando aún las taras del capitalismo, tenemos que ser cada vez más creativos. No podemos quedarnos en las viejas lógicas y en las viejas respuestas, se puede aprender mucho de esas experiencias, pero la creatividad tiene que ser una de las características fundamentales y, de hecho, lo es en muchos países en este proceso de múltiples transformaciones. Recordemos que Carlos Marx, en la introducción alemana al Capital, planteó esta idea, dijo muy claramente que buscaba lectores que quieran aprender algo nuevo y que también quieran pensar por sí mismos.

Desde esa perspectiva, superar el neoliberalismo no implica necesariamente que se ha superado el capitalismo. Esa es una tarea civilizatoria mucho más difícil y compleja en la que tendremos que seguir trabajando. Y el capitalismo, no lo olvidemos, es un sistema de valores, un modelo de existencia, una civilización, la civilización de la desigualdad, como señaló el economista austríaco Joseph Schumpeter. El neoliberalismo, por su parte, es la civilización de la desigualdad por excelencia.

Frente a esto, tenemos que abordar el tema desde varias perspectivas, sin olvidar la perspectiva ideológica, porque la visión neoliberal caló hondo en nuestra región. Podemos hacer todos los discursos, todas las marchas que queramos, pero todavía está presente en muchos sectores una visión neoliberal que se caracteriza por el individualismo a ultranza. El neoliberalismo y el capitalismo son enemigos acérrimos de los elementos comunitarios que tienen que ser reconstruidos, la lógica que dice que primero hay que hacer crecer la riqueza para luego distribuirla, esa alegoría del pastelero, no tiene nada que ver con la economía y la sociedad.

Una de las grandes tareas es identificar cuáles son los elementos que configuran el modelo de acumulación, de dominación y de explotación en nuestra región, prácticas del capitalismo en esencia. Esa matriz de acumulación, de explotación y de dominación, tiene varias aristas, que tienen que ser analizadas y comprendidas simultáneamente. La explotación de la mano de obra no es la única ni necesariamente la principal; hay otras lógicas que generan inequidades como el racismo, tenemos una inequidad étnica claramente marcada en nuestra región, por eso en Ecuador hemos hablado de un Estado plurinacional.

Dentro de la misma matriz hay otras lógicas que tienen que ver, por ejemplo, con la inequidad de género, con el machismo, que es otra de las características en la región. Están también inequidades intergeneracionales, regionales, y otras que tienen que estar inmersas en el proceso de transformaciones. No es suficiente considerar lo que ha significado la lucha de clases en tanto explotación de la mano de obra, se requiere abordar todo este complejo proceso de inequidades, de aristas que van generando un entramado de explotación, de dominación y de exclusión que es lo que caracteriza al capitalismo, sobre todo al capitalismo periférico.

Buen Vivir y derechos de la naturaleza

Para entrar rápidamente al caso ecuatoriano, hemos creído que lo fundamental es pensar una nueva forma de organización económica y social, hablamos de un régimen de desarrollo que se sustenta en lo que los pueblos indígenas quichuas conocen como el Sumak Kawsay o el Buen Vivir.

¿Qué se entiende como el Buen Vivir? No es, como se ha dicho, simplemente el retorno a la época anterior a la llegada de los españoles, sino recuperar esa herencia, esa experiencia, esa historia, y transformarla en uno de los elementos que se integra al gran debate mundial que busca una forma de vida más humana, más apegada a la naturaleza.

El Buen Vivir recoge lo mejor de las prácticas, de las sabidurías, de los conocimientos de los pueblos y nacionalidades indígenas y se inserta con fuerza en la discusión a nivel mundial de un planeta diferente, sustentable en términos ambientales, en términos sociales, en términos económicos. Esa es una tarea que requiere mucho esfuerzo de todos los sectores ciudadanos. Estamos frente a la necesidad imperiosa de la construcción democrática de una sociedad democrática; si el proceso de construcción no es democrático el resultado no será democrático, eso nos dice entonces que no podemos de ninguna manera simplemente aspirar a sobrevivir de la crisis, sino a tener una mejor posición, en el futuro no hay que volver a la misma senda.

En esa perspectiva, para nosotros el ser humano es el objetivo y es el actor fundamental de un proceso en el cual tiene que vivir y convivir con la naturaleza, no puede apostar a la sobreexplotación de la naturaleza, menos aún a su destrucción. Ese es un punto de partida que encontró una respuesta concreta: entregarle derechos a la naturaleza, la naturaleza como sujeto de derechos, porque es la única manera de garantizar la armonía que se plantea en este esquema o régimen de desarrollo.

El Buen Vivir es entendido como una vida en armonía de los seres humanos consigo mismos, con sus congéneres y con la naturaleza. Así como tenemos que defender y fortalecer los derechos humanos - y lo venimos haciendo ya 60 años-, es importante pensar en la Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza. Si no entendemos que la naturaleza es la base de la vida no podemos ni siquiera comenzar a defender los derechos humanos. Estado, mercado y sociedad

Uno de los aspectos fundamentales y primordiales en este nuevo esquema, es buscar una relación dinámica entre Estado, mercado y sociedad. No apostamos y no creemos que el socialismo tenga que ser, necesariamente, la negación de la opción de mercado, lo que no queremos es tener una sociedad de mercado y que el capitalismo sea el sinónimo de mercado. Las visiones mercadocéntricas han fracasado, no son la opción, no son el camino a seguir, hay que entender que el mercado puede ser un buen sirviente pero será un pésimo amo, como decía Karl Polanyi en La Gran Transformación hace más de medio siglo.

Simultáneamente, no creemos tampoco que las opciones deban ser estado céntricas, todo centrado en la lógica de organización del Estado. El Estado tiene que ser recuperado, ese Estado difuso tiene que ser un Estado concreto en América Latina y en nuestros países y ese Estado difuso tiene que recuperar la capacidad de planificar, de controlar, de regular, incluso de intervenir como empresario en múltiples actividades, sin llegar a abarcar la totalidad del aparato productivo. Esa es la visión en la cual estamos empeñados, concientes de que la tercera pata de la mesa para sostener la relación Estado y mercado es la sociedad. Desde la sociedad nos toca ciudadanizar el Estado y civilizar los mercados, hacer funcionar a los mercados en tanto creación social al servicio de la sociedad.

Recordemos que los mercados ya estaban presentes en la América, en la Abya Yala, cuando llegaron los españoles. Son espacios de socialización y de realización incluso cultural de nuestros pueblos y nacionalidades indígenas. Ese es, entonces, uno de los elementos fundamentales de esta lógica del Buen Vivir: cómo recuperar el papel del Estado, la capacidad de respuesta del Estado, minimizado en la época neoliberal, al menos en tanto factor de desarrollo no en tanto actor de represión -porque los Estados fueron refuncionalizados para reprimir, dejaron de ser actores de desarrollo– y, simultáneamente, cómo recuperamos los mercados para nosotros.

Una serie de redefiniciones fundamentales tienen que ver con esto. Entre ellas, terminar con las relaciones de precarización laboral; sabemos que la explotación de la mano de obra tiene una razón mucho más profunda en la lógica capitalista, pero al menos tenemos que erradicar la intermediación y la tercerización laboral, para recuperar otro tipo de relaciones más estables entre la empresa y el trabajador.

Así mismo, afrontar el tema de la migración en doble sentido. Así como defendemos los derechos de nuestros compatriotas en el exterior –de un país de cerca de 13 millones de personas tenemos ya cerca de 3 millones en el exterior- queremos garantizar los mismos derechos para los extranjeros que viven en nuestro país. Por efecto de la guerra interna de Colombia y del famoso Plan Colombia, viven en el Ecuador cerca de 500 mil colombianas/os.

Superar el extractivismo

Para hacer realidad otro mundo posible y mejor, tenemos que estar concientes de que hay que dar una dura lucha, en América Latina en particular, para acabar con los modelos de economías extractivistas. No podemos seguir siendo lo que hemos sido hasta ahora, simplemente productores y exportadores de materias primas. Este es un gran debate en nuestros gobiernos progresistas, sea el gobierno de Venezuela, el de Brasil, o de Ecuador, no podemos seguir soñando en el neodesarrollismo y menos aún en un desarrollismo senil que no va a resolver los problemas sino que los va a agudizar. Uno de los problemas latentes en América Latina, es el hecho de que los países que están buscando enterrar el neoliberalismo no avanzan lo suficiente en desmontar los esquemas de sus economías extractivistas. Por el contrario, en el caso de Venezuela, en el caso de Bolivia de alguna manera -habría como matizar por la presencia de los pueblos indígenas en Bolivia- y en el caso de Ecuador también, a pesar de los avances constituyentes que hemos tenido, sigue una lógica desarrollista. Como que se quiere hacer desde la izquierda algo que se hizo en épocas anteriores con algunos criterios diferentes, importantes, pero que no cambian la matriz de acumulación de nuestras economías, orientadas y vinculadas en tanto exportadoras de materias primas por el capital financiero a nivel internacional.

Para salir del capitalismo tenemos que ir entendiendo las racionalidades y las lógicas de cada uno de nuestros países No hay un recetario único, un camino indiscutible. Este proceso de construcción tiene que ser democrático, si no la sociedad no será democrática. En Ecuador no optamos por una vía de construcción de una sociedad democrática autoritaria, porque el resultado será siempre autoritario; creemos que el socialismo es posible, como decía Boaventura de Souza Santos: “el socialismo entendido como un proceso de democracia sin fin”. Para que esto se haga realidad, sin lugar a dudas tenemos que pensar en la integración regional. Todas nuestras experiencias sin excepción son valiosas, todas nuestras luchas deben ser compartidas, todos nuestros procesos de cambio, de transformación, tienen que ser nuestros. Sin integración no habrá revolución y sin revolución no habrá desarrollo.

P.-S.

Publicado en: Sumak Kawsay/Buen Vivir y cambios civilizatorios, 2da Ed., Coord. Irene León, FEDAEPS, Quito, 2010, p. 89-103

Notas

[1] En el tercer tomo de El Capital, libro cuarto. ,

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